La insurrección de «Nika»




La «revuelta de Nika» fue una sangrienta rebelión estallada en Constantinopla, en el hipódromo, lugar donde se realizaban carreras de caballos, el 11 de enero de 532 d.C. Con la invocación de «Nika, Nika» (Gana!, Gana!), con la cual la gente solía incitar a los atletas en las carreras de coches (antiguos carros de dos ruedas), los espectadores trataron de derrocar al emperador Justiniano I, quien sin embargo, pasados varios días, reprimió la revuelta, recurriendo a asesinatos y masacres.


Durante el gobierno de Justiniano, Constantinopla era una ciudad frecuentada por personas de diferentes culturas y nacionalidades (en sus calles era posible encontrarse con comerciantes, artesanos, prostitutas, soldados, campesinos, religiosos, malabaristas y equilibristas de circos y teatros, con quienes recitaban cuentos en versos de argumento dramático o apasionado en las calles, con los que no tenian ningún título médico y deseaban curar enfermos con prácticas paranormales o utilizando terapias atípicas). El pueblo tomaba partido con los dos grupos deportivos: los «Verdes» y los «Azules» (que en ese periodo histórico se imponían por su gran fuerza). Los grupos mencionados anteriormente, no sólo se oponían en el estar a favor de alguien en el hipódromo, sino que con el tiempo lucharon también por razones políticas y religiosas, llegando a organizarse parcialmente de acuerdo con las normas militares. Por lo tanto, tenían un rol decisivo en la vida política de la capital del Imperio Bizantino, recibiendo dinero y trabajas (también en el campo de los eventos deportivos).


Auriga dos «Azules» con caballo
Los «Verdes» se mostraron a favor de la doctrina herética que se afirmó en el siglo V, que negaba la doble naturaleza, divina y humana, de Jesucristo, reconociendo a él sólo la divina (monofisismo). Ellos fueron llamados los «contribuyentes», dando lugar al partido de los nobles y en sus filas contaban los nietos del emperador Anastasio I. Los «Azules», por el contrario, dieron lugar al partido del pueblo (los «desgraciados») y apoyaban a Justiniano, que les correspondió impidiendo que fueran castigados por sus acciones violentas. Pero se había llegado a un punto tal que la pareja real comprendió que era necesario mitigar el poder de los dos grupos.


Los rebeldes del grupo de los «Azules» destruían constantemente Constantinopla, siendo reconocidos por la forma en que se vestían y se presentaban. Tenían cabello como los bárbaros (pelo largo «como los Hunos», un término entonces en uso), barba y bigote como los Persas. Solían andar armados con armas, cuchillos atados a la pierna y herramientas adicionales destinadas a herir o a matar escondidas en la ropa. En la noche, dice Procopio en su «Historia Arcana», estos hombres violentos se movían juntos en la ciudad, robando a quien hubiese tenido la desgracia de encontrarse con ellos y a veces hasta matando a los que pensaban que querían acusarlos de algún delito ante la autoridad competente. Mientras tanto entre los dos grupos («Verdes» y «Azules») los homicidios se hicieron cada vez más numerosos, sobre todo en perjuicio de los «Verdes».


Justiniano
Justiniano finalmente decidió poner fin a todo esto y entonces el prefecto Eudemon encarceló a varios militantes. Siete de ellos fueron acusados ​​de asesinato. El prefecto quiso que los mataran, colgándolos con una soga al cuello en el barrio de Sika, el 10 de enero de 532 d.C. Dos de ellos escaparon a la muerte (uno por cada grupo), debido a la ruptura de los aparatos para la ejecución de sentencias, refugiándose en la iglesia de San Lorenzo. Tanto los «Verdes» que los «Azules» pidieron al emperador de perdonar los crímenes de los dos «ultras», pero Justiniano no quiso oír. Esto provocó que, el día anterior a la penúltima de las 24 carreras de caballos, estallara la insurrección. Los dos grupos, antagonistas por tradición, se unieron contra la excesiva carga tributaria y el absolutismo del gobierno de Justiniano y se rebelaron, iniciando un motín que duró seis días, lo que se tradujo en robos y devastación.


Los rebeldes querían la destitución de tres ministros importantes del soberano: Juan de Capadocia (prefecto del pretorio para el Oriente), Triboniano (superintendente del Palacio Imperial) y Eudemon (prefecto de Constantinopla). Se les acusó de cambiar totalmente o parcialmente las leyes detrás de altas sumas y de apropiarse del dinero del Estado. En particular fue atacado Juan de Capadocia, quien tenia la ingrata tarea de establecer los impuestos necesarios (considerados exorbitantes) para el sustento del Palacio. Debe tenerse en cuenta, cómo gracias a estas personalidades había sido posible compilar el Código de Justiniano. Muy pronto el emperador les privó de sus cargos, una decisión que denotaba su absoluta falta de firmeza y constancia. Los dos grupos, en lugar de calmarse, pensaron que había llegado la hora de deshacerse definitivamente de Justiniano y su esposa. Sólo Teodora fue capaz de afrontar las circunstancias adversas con determinación y en el modo más adecuado, asegurándose que Justiniano retomara el control de Constantinopla.


Teodora
La insurrección empezó en el hipódromo en la mañana del 11 de enero, durante la ceremonia con la que fue inaugurado el inicio de las carreras de caballos, cuando al aparecer los monarcas (Justiniano y Teodora) se oyeron abucheos y protestas, terminando todo con un grito: «Nika». La revuelta desde el «circo» (en la antigüedad, lugar abierto para las carreras de carros y otros programas populares) pasó a las calles de la capital. Fuertes disputas, calles cerradas y bloqueadas con diversos objetos y materiales, incendios, robos y destrucciones de viviendas que se extendieron por seis días, redujeron en pesimo estado algunos barrios de Constantinopla. El emperador se refugió en el palacio durante tres largos días, con la promesa de reducir los impuestos y destituyendo a dos ministros odiados, pero ahora la gente creía que Justiniano tenía que hacerse a un lado. En el quinto día de la insurrección fueron demolidas las vallas de hierro, colocadas para delimitar el palacio, y Justiniano pensó bien en dejar definitivamente la ciudad (secretamente hizo traer el enorme cantidad de dinero, oro, piedras y otros objetos preciosos del Estado en un barco grande preparado para soltar las amarras y partir en caso de abandono acelerado de la capital).


En una sesión extraordinaria del Consejo Imperial Teodora declaró que no iba a salir corriendo, lista para ser asesinada también. Este fue su discurso: «Aunque si con la fuga me manterría con vida, no voy a querer vivir sin ser recibida como emperatriz, bien podría morir aquí; Si usted quiere, tiene el dinero y el barco está listo, adelante; En cuanto a mí, yo ya sabía que mi púrpura sería mi mortaja, así que no huiré con usted, yo me quedo!». Por lo tanto el emperador renunció a la posibilidad de huir.
Representación de juegos en el hipódromo

El comandante Narses fue el responsable de la seguridad del palacio, pero teniendo unos pocos hombres a disposición creia estar en una condición difícil. Narses donó a los rebeldes de la agrupación de los «Azules» una enorme cantidad de dinero, reconciliándose directamente con algunos miembros de los «Azules» e induciendo a todos los agitadores a llegar al «circo». Mientras tanto Belisario, después de tres días de insurrección, se encontraba en Constantinopla a la cabeza de numerosos soldados combatientes de profesión bajo pagamento. Las fuerzas armadas de Belisario y Narses, una vez que llegaron al hipódromo, masacraron muchos rebeldes. Para algunos textos contemporáneos en la masacre fueron asesinados en el «circo» al menos 35.000 personas. Belisario fue recompensado por Justiniano, siendo nombrado «magister militum» (comandante supremo de las fuerzas bizantinas de tierra).


Por voluntad de la soberana, la iglesia de Santa Sofía, fuertemente destruida por el fuego durante la violenta rebelión, fue reconstruida más grande, utilizando también algunas partes del terreno del «circo». La actividad reconstructiva, llevada a cabo en el mismo año de la insurrección, llegó a su fin en el año 537 d.C. En la construcción arquitectónica se puede admirar la «columna del llanto», llamada así porque desde la misma, se cuenta, sobresalen gota a gota las lágrimas de los rebeldes, que fueron asesinados propio en el lugar en el que se construyó la iglesia. Estas «lágrimas» se consideraron milagrosas e incisivas sobre todo para el tratamiento de la deficiencia visual. La columna, que teniendo poros y cavidades, en realidad incorpora el agua absorbiéndola capilarmente, agua que probablemente hace parte de los ríos subterráneos que se apoyan sobre un estrato impermeable. 
Giampiero Lovelli




BIBLIOGRAFIA
H.G. BECK, Lo storico e la sua vittima. Teodora e Procopio, Laterza, Bari 1988;
P. CESARETTI, Teodora. Ascesa di un'Imperatrice, Mondadori, Milano 2001;
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E. GIBBON, Storia della decadenza e caduta dell’ impero romano, Einaudi, Torino 1967;
M. MEYER, Giustiniano, Il Mulino, Bologna 2007;
G. OSTROGORSKY, Storia dell’ impero bizantino, Einaudi, Torino 2005.


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